A raíz del incendio en  Larcomar, el incendio en Cantagallo y el incendio en El Agustino que mata a ocho inocentes, el tema de la responsabilidad vuelve a ser parte de nuestros debates y preocupaciones.

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El alcalde de Miraflores declara que todos abusaron de su inocencia y pide mirar al futuro. Claro, cómo no,  mirar al pasado reciente seguro no le conviene mucho ¿no?  Por su parte UVK dice que tenía la cosa en trámite y otros no hicieron la tarea, mientras Larcomar sostiene que cumplían con todo pero los contratos viejos tenían otros estándares de seguridad y ellos sólo hacen cumplir contratos y …

Es evidente que hay una cadena de irresponsabilidades grotesca. No sólo están los señores de UVK, Larcomar, Indeci y La Municipalidad, sino que hasta los clientes usuarios somos en parte responsables de esto, pues aquí nadie exige cumplir la ley, nadie se indigna lo suficiente cuando nota los abusos, atropellos y vivezas (criolladas), mientras no le afecten directamente.

Y es que cuando la justicia no funciona y no todos debemos cumplir con las normas siempre, se acaba el imperio de la ley cediendo el paso al imperio de la corrupción. Ya no es más acerca de argumentos y evidencias, pasamos a un juego más primitivo, uno que se gana con plata y “conexiones”.

Claro pues, fácil es hablar de responsabilidades sin asumir costo alguno por ello. Veamos, ¿cómo es esto de “acepto mi responsabilidad” sin tener consecuencia alguna por hacerlo? O sea, si un hijo nuestro, hace una fiesta en casa con sus amigos sin autorización y resultan quemando la sala, seguramente tendrá un castigo proporcional a su falta de cuidado. Tal parece que esta sofisticada ecuación es un esquema ultra sofisticado que no podemos conseguir a nivel del gobierno de una nación.

En management hablamos mucho de la responsabilidad como uno de los valores que queremos presente entre nuestros colaboradores. Un eje de comportamiento gracias al cual, el ámbito de control sobre el que debemos actuar es bastante más acotado.

Hablamos de la habilidad de responder (responsabilidad) efectivamente o decimos que se trata de “hacerse cargo” de algo que la empresa pone a nuestro cuidado (la marca, el prestigio, el dinero, etc).  Ahora bien, sin  consecuencias claras y conocidas, proporcionales al demérito y aplicadas sin excepciones, no sirve de mucho tener gente declarando que “asume su responsabilidad, que asume lo que le toca”. No señores, sin consecuencias que suceden no hay responsables, con las justas tenemos un muro de la vergüenza de bajo poder disuasivo, insuficiente para alinear el comportamiento que esperamos del equipo a cargo.

La responsabilidad tiene que ver con hacerse cargo de aquello que nos encargan cuidar. Si a mi hijo le parten la cabeza dentro del salón de clases en presencia de la profesora, tengo claro que más allá de lo que quede descrito en su manual de funciones, en ella descansamos el cuidado de la integridad mental, emocional y física de los alumnos. Todo el resto, es cuento. Ella lo sabe, nosotros también y no cabe sino que pida perdón y sufra las consecuencias de su descuido.

En mi opinión, el alcalde debiera irse porque está para que las normas se cumplan y dice que “lo engañaron”. El directivo de turno en Defensa Civil se debe ir también, porque quizás se le puede pasar una verificación en una pollería ubicada en el rincón más alejado pero no los sprinklers en el lugar más visitado de Lima. La cabeza de UVK puede estar muy atormentada con lo ocurrido pero fue testigo y quizás cómplice de ese hacinamiento administrativo, en una oficina que claramente no cumplía con parámetros mínimos además de contar con medidas de seguridad evidentemente pobres y fuera de vigencia para un cine-sótano como el que ardió recientemente en Larcomar.

Si señor alcalde de Miraflores, claro que veremos al futuro y en ese ojalá no esté ninguno de ustedes en la película, pues de eso se trata el hacerse cargo, eso es actuar como personas que entienden realmente su responsabilidad.

Parece que no nos alcanzan los ejemplos ni las tragedias, esto de nunca hacernos cargo parece ser un triste rasgo y herencia cultural, una suerte de ominosa cadena que arrastramos por siglos. Nadie es responsable, todos sabemos que eventualmente podemos escapar de consecuencias mayores, eso de asumir es para los lentos, los tontos, los que no tienen esquina.

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Al final del día, parece que estamos todos atrapados en esta sala de cine llamada Perú, una sala en la que hace mucho que tragamos el humo tóxico de la corrupción, ese humo que nos aleja de conquistar la salida en la que podemos encontrar un respiro, algo de seguridad, de libertad, de armonía.