Soy un fanático declarado de los SEALS. Estas fuerzas militares de élite se distinguen por su marcado culto a valores como la disciplina, el rigor, el esfuerzo, la solidaridad, el espíritu de cuerpo, entre otros.

Su sistema de entrenamiento, famoso por el altísimo nivel de exigencia física y emocional. Tiene entre sus características una condición por la cual, aquel cadete que llega a su límite de resistencia tiene la opción de tocar la campana (que está en medio del campamento) para con esto dar por terminada su participación y así sus aspiraciones de convertirse en un miembro de este particular equipo.

bellTocar la campana es una declaración pública de haber llegado al límite de tolerancia y/o competencia física y emocional. Un estándar tan alto de exigencia que sólo quienes logran pertenecer a esta élite de soldados, logran superar. Nadie los evalúa y decide por ellos, sino que cada quién es verdugo y víctima de su propia decisión.

En suma, uno toca la campana y con ello pone fin a  quejarse, bramar, lloriquear y sufrir. Uno se va en paz con todo y todos, completamente consciente de haber hecho un “mejor esfuerzo”, que simplemente, no alcanzó.

Y regreso a lo que veo en las organizaciones día a día y claro, mucha gente a todo nivel vive quejándose de todo, siempre metidos en diagnosticar y poco, en resolver. Gente que culpa a la empresa, los sistemas de trabajo y gestión de información, los clientes, los pares, los jefes, los compañeros, etc.

No se salva nadie, todo es un problema pendiente de solución.Que los jefes son muy duros y crueles en su trato, que la empresa no reconoce ni se esmera en motivarlos, que la manera como se les evalúa y paga no es la más justa, que la capacitación es insuficiente,que los clientes son muy demandantes. En fin, pocos caen en cuenta que la mayoría de sus lamentos tienen un único culpable y ese no puede ser otro que ellos mismos.

Así es, como los SEALS y su campana, todos tenemos un nivel, un momento en el cual llegamos a nuestro límite. Una suerte de “no puedo más con esto” al que tarde o temprano llegamos. Es ese vasito que vamos llenando de quejas sin resolver, aspiraciones no servidas, beneficios no recibidos, y demás injusticias que nos  persiguen.

Por cierto, todos tenemos un umbral del dolor diferente, para algunos el dolor se hace intolerable con poco. Para otros que parecen estar hechos de acero con todo y los golpes que reciben, perseveran, insisten, son resilientes.

Dejo fuera de la ecuación por supuesto, a quienes actúan con indiferencia o resignación. Ellos pueden quedarse por años sin cambiar ni intentar nada relevante y hasta pueden confundirse entre los resilientes pero no hay forma que les duela o deje de doler, porque básicamente, no les interesa. Ellos no avanzan, sólo se mueven bajo radar, seguros de no ser detectados y buscan pocos pleitos. Esos, no están en esta película.

Pero para quienes se resisten, perseveran y no se doblegan fácilmente, para aquellos que están metidos con todo su ser, en la conquista de sus objetivos, para ellos, esa campana está siempre presente.

Esa campana no la vemos, pero está ahí y uno la pueda tocar y recibir un buen paquete de salida al hacerlo. Lo que, muchas veces hace falta, es el valor para tocarla, cuando sabemos que los hemos dado todo alcanzando  nuestro límite físico y emocional y no hay manera de que podamos seguir hacia la meta, igual de entusiasmados e interesados en la conquista. Por supuesto todos apreciamos a quienes muestran valor y fuerza suficiente para no tocar esa campana, esos que apretando los dientes, se secan las lágrimas y continúan con todas las fuerzas hacia adelante.

Al final del día, creo que debemos escoger rodearnos de personas que dejan todo en la cancha, esos que siendo afectados por los golpes, perseveran, aquellos a quienes les importa hacer la diferencia. Esos a quienes les duele, lo sufren pero lo aguantan, se ponen de pié y vuelven a intentarlo. Esos que avanzan y no se permiten tocar la campana hasta que física o emocionalmente no pueden más. Entonces, sólo entonces, tocan la campana con toda dignidad, conscientes de haber llegado al límite que sólo ellos conocen.

Nos hablamos el próximo domingo!